viernes, 26 de diciembre de 2008

Por qué Indy es La Última Cruzada


Porque va contra los nazis. Bien, eso ya lo hacía en la primera. Porque el malo es un hijodeputa, y no como en la última, que es mas de disneylandia. Porque sale Venecia, la Alemania de preguerra, salen catacumbas, etc. Porque -sin duda el por qué mas grande-, sale Henry Jones padre: un Sean Connery que tarda una hora en salir pero que cuando lo hace sabes que la película va a pasar a la historia. Porque nos cogió con una edad en la que todavía soñabamos, y cuando acababa querías estudiar historia, arqueología, viajar, investigar sobre el grial... En definitiva, porque Spielberg trató a los niños como adultos, al contrario que en la última. Porque la historia es tremendamente humana y sencilla, como todas las cosas buenas: hijo en busca de su padre. Y punto. Intenten hacer una sinopsis de la última de Batman, cargada de pseudofilosofía new age y un halo de grandeza estúpido. Intenten hacerla en menos de 10 líneas. Imposible. Porque es una de las mejores aventuras jamás contada, y sin necesidad de que la pantalla huela a plástico, a efectos especiales. Del aspecto técnico sobra hablar, desde la fotografía del maestro Douglas Slocombe -que a la postre sería su testamento cinematográfico- hasta el diseño de sonido. La mención a John Williams va aparte. Cada una de las piezas de la banda sonora tiene tal identidad en sí misma e integrada dentro de la película, que podrían ser el tema principal de cualquier otra película sin ningún problema.

Pero, sobre todo, por encima de todo lo mencionado, Indy es La Última Cruzada por los personajes. Absolutamente todos, desde el primero hasta el último, están perfilados con una profundidad y un cariño -desde Indy hasta el taxista que pasaba por allí- que hace mucho tiempo que no vemos en el cine. Y la química que se establece en pantalla entre padre e hijo es indescriptible. En cada uno de los diálogos. En cada uno de los planos.

Podría seguir con los porqués, pero en líneas generales me quedo con estos ya mencionados. Ritmo, entretenimiento, aventura, historia, personajes inolvidables, música, fotografía, la Europa de entreguerras... El que esto escribe tiene un amigo, historiador hoy por hoy, que lo fue gracias a esta película. Que el cine inspire de tal manera, es lo que lo hace grande. David Trueba dijo una vez: "Detesto a Spielberg y creo que ha hecho un daño brutal al cine". Don Pedro Payán, en su "Habla de Cádiz" recoge: "Carajote: el que hace o dice carajotadas. Tonto, estúpido".

domingo, 21 de diciembre de 2008

Peter Tulia. El último día (II)

En episodios anteriores...

Peter Tulia disfruta en prisión de su último día con vida. Acaba de recibir la visita de su amada, Eva Lentía, que llora su ejecución al día siguiente. Sin embargo, Peter le ha dicho "Mañana me guarnajo", frase que la ha dejado descolocada.



Cada vez que tenía lugar una ejecución, un ambiente extraño se respiraba en la cárcel. Por muy hijos de puta que fueran los allí hospedados, no dejaban de ser gente en la piel incorrecta en el momento y lugar incorrecto. Y dentro de la prisión surgían amistades, aunque no se reconocieran. Por eso las noches anteriores a una ejecución eran gélidas como la misma cárcel. Porque, en cada celda, cada uno de los huéspedes hacía examen de conciencia, echaba un repaso a su vida, rezaba por el compañero que se iba o simplemente permanecía inerte pensando en lo que al día siguiente le pasaría a su compañero. Harker, un exvigilante cleptómano, solía referirse a la cárcel como el cementerio de los vivos.

Como Peter Tulia no tenía enemigos, aquella noche nadie sonreía bajo el techo de aquella fortaleza. Jamás un sitio con tanta gente representó mejor el significado de la palabra soledad. La tristeza por su marcha podía percibirse entre la niebla que dificultaba por momentos la visión al guarda de seguridad.

Fue entonces, en aquel infierno vacío de humanidad, cuando se escuchó el grito más aterrador que los allí presentes recuerdan. Una mezcla de dolor físico y celebración que deja de ser descriptible más alla de eso. Todos, absolutamente todos, se estremecieron por el susto y por la naturaleza de aquel alarido. Muchos se levantaron hacia las rejas de su celda para ver que pasaba, y el guarda de seguridad estaba tan acojonado que no quiso ni comprobarlo. Era imposible adivinar de donde procedía exactamente aquel sonido. El único que seguía sentado, el único al que aquel chillido no cogió de improvisto fue, precisamente, el hombre lo que emitió: Peter, tumbado en el suelo mientras se cogía su pie sangrante con ambas manos, comenzó a sonreir como lo hace la gente tras esos dolores que uno mismo se provoca. Como cuando se retira alguien una tirita de una zona con pelo. Y en aquella sonrisa tambíen se reflejaba la satisfacción de saber que todo marcha como uno ha planeado. Aunque, realmente, aquello era solo el principio de la jugada.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Sí, pero no

Tengo la suerte de leer diariamente algunos de los blogs más interesantes - a mi entender- que por estas latitudes se manejan. A nivel intelectual, de contenido y de prosa -incluso poesia- aprendo cada día que accedo con avidez a una nueva entrada publicada por sus autores/autrices.
De verdad, es un placer ver que no estás solo en cuanto a inquietudes, en cuanto a temas de los que hablar, y en cuanto a posicionamiento social y político.

Normalmente, aunque cualquiera que lea entre líneas lo averigüaría sin mucho esfuerzo, no hablo directamente sobre el lado político y social hacia el cual basculo. Lamento profundamente la obviedad, la tibieza y la corrección política que muestran los pensadores y escritores que más admiro de este mundo bloguero -al final voy a destaparme-. Sí, tiro hacia la izquierda. Y sigo reafirmándome en mi teoría acerca del fracaso de este lado de la política. Algo que empecé a pensar con 18 años por ahí, y que cada día que pasa no hace sino reafirmarme en la creencia.

La tibieza. Cuanto más elocuente y razonable se muestra el artículo del escritor que me atrae, menos capacidad tiene de mover conciencias y, al fin y al cabo, creo que de eso es de lo que se trata. No de hacer propaganda por uno u otro partido, sino de defender asuntos tan obvios como la libertad de expresión, la igualdad, o la intolerancia con los intolerantes.

Pero cuanto más leo de los partícipes de la supuesta izquierda, del supuesto bastión socialista, más anquilosado e indiferente veo el discurso: "hay paro", "la injusticia para con los trabajadores", "el avance del racismo", ""las cortapisas hacia el feminismo", etc. Lo de siempre. Algo tan obvio que suena a enciclopedia, aunque alguien me diga que la pena es que ni siquiera esté contemplado en ninguna. Pero ya sabeis a qué me refiero. Artículos de opinión que solo expresan o denuncian un mal que está ya tan claro o manido como el paso de las estaciones. Necesito ver chispa, algo de sangre por las venas, carácter, inquietud. No me vale que, un día después de que la prensa nacional hable de una cifra sobre el paro, se denuncie el paro. La obviedad no funciona, está claro. La gente está bajo el cloroformo de la indiferencia.

Creo que hay que calentar el asunto, sobre todo cuando nos estamos refiriendo a la injusticia con mayúsculas. Dejar a un lado pasados políticamente correctos o sometidos a la becaría periodística. Decir lo que se piensa, una vez demostrada la prosa y el contenido sobresaliente de cada artículo. En definitiva, cagarse en los muertos de los que posibilitan la desigualdad y, por supuesto, de los que con su silencio la hacen posible. Sí, en sus muertos. Todos. Al fin y al cabo, los intolerantes se agrupan gracias a eso. Gracias a tipos listos e incendiarios que, en desventaja con respecto a nosotros -por suerte-, no defienden sino estupideces. ¿No nos va a funcionar a nosotros defendiendo la coherencia?

viernes, 12 de diciembre de 2008

El tonto de Satriani

Quién me iba a decir que iba a escribir sobre música... Con lo que me gusta a mi tocar. En fin, voy a ser sencillo, directo, rápido. Satriani es gilipollas. La canción -la suya y la otra- se mueve sobre una progresión armónica más simple que la estructura mental de Bush. Eso te lleva, en caso de improvisar sobre esa base armónica, a usar una escala concreta, en la mayoría de los casos. No entraré ahora en más profundidad, pero para los que no entiendan de términos musicales es como si te dicen: sobre los números 2, 5,4, y 8, escriba una lista de números que, usando operaciones básicas, impliquen a los anteriores. Pues bien, seguro que antes o después, de las listas que recibamos, algunas coinciden. Es así. La música tiene su mística, su rollazo porresco, drogata, icónico, genial, todoloquetesalgadelcarajo, pero creo -y lo dice alguien que, otra cosa no, pero algo de oído tiene- no deja de ser un sistema matemático ejecutado con más o menos empatía hacia el resto de los oyentes.

Que conste que, de ser algo, soy más seguidor de Satriani que de Coldplay, pero me parece ridículo el asunto. Más, a estas alturas de su carrera. No hacía falta. De todas formas, gilipollesco es también el hecho de que, de las 40 personas que hayan pasado por la cadena de producción de la melodía de Coldplay, nadie les haya dicho que eso se parece a una tema de Satriani. A ver, que no soy yo tocando en mi casa borracho, que es Satriani. De todas formas, es mi opinión. Cualquiera podrá decir que es plagio pero, antes de que nadie se pronuncie, defiendo la casualidad en este caso. Y si no, señor Satriani, escriba canciones que se muevan sobre progresiones de veinte acordes con polirritmos varios y alteraciones. A ver quién cojones te escucha...

La tercera posibilidad es que todo sea una farsa montada por ambos para así vender más discos. Cosa que, hoy por hoy, me parece improbable, ya que no creo que ningún productor con dos dedos de frente piense que la gente interesada se vaya a comprar los discos, teniendo: Emule, Rapidshare, Megaupload... Etceterases.

Disfrutad de la música, desgraciados, que el tema abogados es más de cagar que de disfrutar. Y, por cierto, creo que Paco de Lucía se escaparía, como excepción que confirma la regla, al tema de "sistema matemático".

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Peter Tulia. El último día (I)


Pedro Ramírez Tulia -Peter, desde que se largara de España a Nuevo Madrid, Missouri, en el año 70- salió de su celda aquella mañana del 10 de Diciembre de 2008. Era la última visita que recibía, a no ser que se pueda visitar a los muertos. Y es que Peter sería ejecutado al día siguiente en la silla eléctrica.

Su mujer, Eva Lentía, una inmigrante Peruana, lo había visitado desde que fuera encarcelado en 2002. Absolutamente todas las semanas, sin faltar ni una, Eva lo acompañaba durante una hora y le llevaba su comic favorito "El karateka tetrapléjico", creado por uno de sus mejores amigos en los EEUU. Quién le iba a decir a Pedro -ahora Peter- que aquel viaje huyendo de un franquismo agonizante lo arrastraba a un país -de la libertad, pensaba- que lo ejecutaría 38 años después.

Pena de muerte, era la condena que le había caído, de manera surrealista. Los medios españoles hicieron la misma presión que un globo sobre el suelo: una noticia el día de su encarcelamiento y a tomar porculo. El siguiente mes todos los telediarios abrían con el Mundial de Korea. De Peter se olvidaron como de la mierda. Bueno... la mierda, al menos, se limpia.

Aquel día, trabajando como peón en su taller mecánico, junto a un ranchito que había comprado tras 20 años de esfuerzo, no se le ocurrió otra cosa que decir "¡Me cago en los muertos de la virgen!", cuando se le cayó un gato hidráulico en el pie. Eso, delante de su jefe, un fundamentalista católico y cabrón, al que le había dado coba durante el tiempo que estuvo allí currando -santiguándose y haciendo otras gilipolleces varias-, era algo muy peligroso. Como pronto iba a comprobar.

Al día siguiente, cuando Peter dormía plácidamente la siesta, un grupo de las fuerzas antiterroristas estadounidenses entró en su casa destrozando la puerta, amenazándolo a punta de pistola y registrándolo todo. Detenido y golpeado, Peter tenía 4 cosas en su contra: su origen español, su tono de piel de Guillen Moreno, el reciente atentado del 11-S y un par de alfombras que se llevó cuando se fue, en el año 70, compradas en Tetuán. Con inscripciones Árabes, claro. Eso fue lo que le costó el cate más fuerte que le dieron antes de llevárselo. Qué curioso -pensaba-, si fueran letras en ruso no pasaría nada, pero si me las traigo de Rusia en el 70 me vuelan los huevos en la aduana.

Eva lloraba tras el cristal de la sala de visitas. Peter se sentó al otro lado.

- No puedo aguantarlo más -Eva rompió a llorar-.
- No te preocupes, cariño. Mañana no volverás a preocuparte.
- ¿Cómo puedes ser tan frío? -Eva parecía no reconocer al hombre del que estaba enamorada.

Tras un silencio breve, Peter se acercó al cristal. Gesto al que, instintivamente, respondió Eva.

- Mañana me guarnajo.

La sonrisa de Peter precedió a su despedida, su levantamiento de la silla, y su vuelta a la celda. Eva seguía atónita. Por supuesto que no tenía ni puta idea de qué significaba "guarnajarse", pero es que los micros de la prisión grababan todas las conversaciones de las visitas.

Y el plan de Peter, que ya estaba en marcha, no iba a estropearse por tamaño descuido...

(continuará).




martes, 9 de diciembre de 2008

Juan, de Senegal


No conocía la plaza del Salvador, en Sevilla. Pepe toma buena cuenta de ello, y a las tres de la tarde cae la primera cerveza, bien fresca -qué mas da el frío-. Mientras charlamos, el ambiente recuerda a las antiguas cervezadas diurnas de la tacita. La idea es muy buena para estas latitudes: un espacio acogedor, y un par de bares con un grifo de cerveza continuamente abierto. Las aceitunas van implícitas. La gente se agolpa como queriendo crear ese calor que proporciona la cercanía humana.

Y mientras pienso esto, aparece un vendedor ambulante africano. Negro. Lleva una ristra de pulseras y cadenas de todo tipo, y se nos presenta como Juan, de Senegal. Habla andalúz mejor que nosotros, y sus gestos y su ritmo en el habla denotan inteligencia. La que da la calle. Nos pregunta que de dónde somos. "De Cádiz, tiesos como la mojama". Juan se sorprende y me pregunta que porqué estoy en Sevilla. Por trabajo. Muy bien. Bueno, la verdad es que ha sido solo por dos semanas, así que otra vez al paro.

Juan se tranquiliza "Ah, entonces ahora a cobrar el paro", frase que me confirma que tiene mucho de andalúz. Le digo que de eso nada, que para eso hay que tener un año cotizado. No llego por poco. "Qué edad tienes, 22?". En cada pierna, Juan. "¿Entonces?". Entonces tengo 30, llevo 12 años trabajando, y estoy a punto de llegar al año cotizado ahora. Tu sabes, está la cosa chunga. La crisis y eso. "Eso, eso. ¿Hay crisis? ¿De verdad hay crisis?"

Pues... la crisis no suele notarse ni arriba ni abajo. Es decir, los que están podridos ni la huelen, y los que no tienen nada, lo mismo. Los que llegan a fin de mes, pero a lo justo, la notan más. Vamos, digo yo, Juan. No tengo ni idea. Además, a tí que te voy a contar. Juan se ríe a carcajadas y me da otra vez la mano. Me cuenta que tiene una niña, recien nacida, allí en Senegal. Cuando le digo que yo no tengo hijos el asombro aparece en su rostro. Me pregunta que si no follo. Auténtico. Le digo que no puedo permitirme ese lujo. El de tener un niño, una familia. No, de momento, no, Juan. Ruina pura.

Y Juan termina charlando de manera natural, cambiando el rol de vendedor por el de conversador sin más. Echamos un buen rato y, antes de irse, me saca una pulsera. Cuando le voy a echar mano a la cartera, me para, brusco. No, no. Esto es un regalo. ¿Cómo que un regalo? Si, si, me has caído bien. De todas formas, saco la cartera y le doy cinco euros. "Toma, para tu niña". Me da las gracias, la mano, y desaparece entre la gente. Al rato lo veo, con otro grupo de gente.

La pulsera es fea de cojones, y lo mismo Juan ni tiene niña, ni es de Senegal. Lo mismo todo lo tenía pensado tal y como salió, y nos ha visto cara de pardos. No me importa lo más mínimo. Se lo ha currado. Saturados de publicidad, contaminación de los medios, y en un estado de inconsciencia colectiva tramado cobardemente por los de arriba para adormecernos, Juan me ha entrado de cara, sin intermediarios. Y si me he dejado una hora antes treintaytantos euros en la FNAC, me parecería inmoral y de muy cabrón por mi parte decirle a Juan que no tengo un duro.

Porque, por suerte, hoy sí tengo. Mañana, tal vez no.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Egoístas, tontopollas, y políticamente correstos


Lo que sigue es un resumen de una charla real y en la que, sin duda, me desnudo ideológicamente al respecto de lo hablado.
- Por lo menos, concédeme la oportunidad de reírme en la cara de la gente -digo-.

- ¿Cómo? No entiendo tus máximas, no entiendo que no entiendas la circunstancia de la gente. -dice Manguy.

- El que no me entiendes eres tú, Manguy. Entiendo perfectamente lo que dices, simplemente te digo que si alguien me viene diciendo "Es que no tengo un duro: nosecuantos de hipoteca, nosequé de la letra del coche, y nosecuantos de nosequé", pues simplemente me río. Es decir, asesoro en lo que puedo al respecto, pero luego me río.

- Tú es que no entiendes las circunstancias de la gente, por eso no me puedes decir lo que piensas, porque no te pones en el lugar de la gente -me dice-.

-No tío, es más sencillo. Yo entiendo que la gente tenga problemas, totalmente. Pero un tío que tiene un piso, un coche y un loquetesalgadeloshuevos, que venga a llorarme cuando nos estamos bebiendo una cerveza, porque no tiene dinero para pagarla... Pues perdóname que me ría. Aunque le de la palmadita en la espalda por educación. Al final, a ti, cojones, que eres mi amigo, te diré que me cago en su puta madre, que el que no tiene dinero soy yo, que no tengo nada en el banco, no tengo casa y vivo con mi madre, y voy a los sitios en autobús y no tengo coche.

- Creo que vamos mas o menos por el mismo camino pero, no se, tu pareces no entender la circunstacia de la gente. No puedes hacer de lo que dices una máxima.

- Yo entiendo la circunstacia de la gente, pero sencillamente, no me pagan por escuchar gilipolleces. Y si vamos a contar cada uno su historia, y si cada una es mas absurda, egoista y ridicula que la anterior, por lo menos déjame el beneplácito de reirme o no del tema, o de pasar olímpicamente. Yo también tengo mi historia. Pero no voy soltándola en bares al primero que se me acerca. Quizás a amigos, como a mi me ha tocado escuchar. Y creo que me he portado como debía. Así que, por lo menos, concédeme el permiso de reírme de los imbéciles que creen que lo están pasando mal. Ni ellos, ni yo, por supuesto, sabemos qué es lo que es pasarlo mal.


Al final, estamos de acuerdo. Somos amigos, y nos miramos con cara de "Bueno, creo que estamos hablando de lo mismo". Pero hay mucho más allá. Otro día lo comentaremos. Gente que no tiene nada, y habla, y gente que tiene algo y habla. Y gente que tiene mas de algo y habla mas. Al fin y al cabo, es cuestión de comparación. Y ese es el problema. Otra Guinness, por favor. ¿O eran ya gintonics?

El resumen de lo anterior voy a expresarlo más o menos irónicamente: "Cobro 4000 euros al mes, pero pago la hipoteca de un chalet, una letra de un barco, movil ono, digitalplus y nosequé, así que no tengo un duro." Rezaré un plegaria por tí, pobretón. El que no tiene un duro soy yo, que no tengo nada de eso, vivo con mi madre y voy en autobús a los sitios. Y no lloro.
La foto del perro era porque me lo comería a bocados de lo bonito que es; un simple reclamo publicitario.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Inocente por un rato

Salgo de mi casa por la mañana, aun tocado por toda la información acumulada hace varios días sobre la guerra de Bosnia. Miro al frente y digo: bueno, ahí va la gente, cada una a su bola, abrigada y tal, a comprar sus perfúmenes y esa mierda. Sus regalos de Navidad. Claro, lo lógico es que piense: eso que vi ayer, lo que en nuestro caso es en blanco y negro, no puede pasar otra vez. Ya hay mas información, nadie es tan estúpido, etc. Hoy por hoy, no caeríamos en lo mismo.


Me largo a Sevilla a currar, así que cojo el autobús, en la Avenida Nueva. Los que la vimos crear, la llamaremos nueva para siempre, aunque hagan tres más. Como con el pabellón. Mientras espero, una pareja de abuelitos camina invadiendo el carril bici -ni es carril, ni es bici, solo existe para que el Ayuntamientodecadizsí diga que existe-. Una joven se acerca, en bici, por el carril. Pero, desafortunadamente, la educación urbana del gaditano es inversamente proporcional al conocimiento carnavalesco de un irundarra. El abuelete la mira con una pose despectiva, mientras la chica -que va por su sitio- pregunta: "Perdone, ¿no se podría apartar?". La respuesta es un giro amenazante acompañado de un: "hija de puta esta". Nuestro abuelete no se aparta, y ay de la chica si se detiene a discutir. La bicicleta se aleja, mientras el abuelete la sigue mirando con ese típico gesto de perdonar la vida tan latino.


Durante el camino en autobús a la estación, el chofer tiene que frenar dos veces bruscamente, producto de una trifulca en la carretera, acompañado de un par de "Cabrón, mira por dónde vas". El frenazo provoca que, en el interior del autobús, un hombre empuje sin querer a otro, que se gira con un gesto de odio que me resulta familiar. De toda la vida. Salgo del autobús y camino hacia la ventanilla en la que compro el billete de tren. Tardo algo, ya que la discusión entre cliente -el que va antes que yo- y el encargado, parece llegar a mayores.


Ya en el tren, dejo las maletas y me relajo. Sin embargo, al fondo, alguien comienza a proferir voces a su teléfono. O a quien esté al otro lado, claro. Somos pocos en el tren, así que la reprimenda se presenta diáfana a nuestros oídos -parece ser un empleado del menda quien la recibe-. De repente, caigo en mi primera reflexión matinal y me digo: "Pero qué gilipollas eres, Jose. ¿Que si caeríamos en lo mismo? Que no te quepa duda, amigo. Te voy a perdonar tu inocencia porque vas medio dormido..."

domingo, 30 de noviembre de 2008

Grbavica


Ayer estuve trasteando por las webes para ponerme al día sobre la guerra de Bosnia. Nos cogió con 15 años por ahí y tenía una idea más mitificada del asunto que real. Así que, de página en página, comenzando por datos objetivos y acabando por testimonios personales de supervivientes de un documental -escalofriante- de la BBC, quería información de distintas fuentes, bandos y analistas para sacar la mía. La mía es la de siempre, una vez más, la tristeza que da el comprobar de nuevo que lo que uno piensa en general sobre el ser humano se corrobora cada día que pasa. Pero no me voy a extender en eso ahora, quizás otro día.

Lo que quería comentar es la película a la que me llevó el de-oca-a-oca internetesco por el que viajé. "Grbavica", un film que desconocía y que ganó el oso de oro en el festival de Berlín. Tremenda. La estructura de la película es más simple que un botijo, lineal, sin artificio cinematográfico y sin frivolités de postproducción. Pero lo que cuenta es tan devastador, y la directora -Jasmila Zbanic- lo hace con una sensibilidad tal, con una clase, que de puro golpetazo hace que al final uno acabe con los ojos como consomés. Puede ser porque antes de verla había leído un denso artículo de lo de Srebrenica, y el documental de lo de Vukovar. Y está bien visionar ese tipo de cosas dedicando el tiempo que requieren, no en informativos en los que te mezclan violaciones con el último gol de Cristiano Ronaldo y se quedan tan panchos. Entre esa ensaladilla, las noticias pierden fuerza. Por eso digo que está bien acercarse a ellas en un contexto más amplio, documental, libro, o lo que sea. Para que recordemos lo hijos de puta que podemos llegar a ser.

Volvamos a la película. Sin duda, el trabajo de dirección y el de las dos sorprendentes actrices que soportan la película -mención especial a Luna Mijovic, de 15 años- son la base de esta sobrecogedora historia que a mi, por lo menos, me puso al tanto de que algo de esperanza le queda a uno, a tenor de lo que sentí viéndola. Y, bueno, la historia que cuenta no creo que necesite ningún adorno -más bien lo contrario: la directora vuelve a demostrar su elegancia despojando la película de flashback fáciles o alguna imagen más impactante en la que sin duda habría caído más de uno-.

Una historia de lucha, de rotura interior y supervivencia, de mujeres buscando respuestas a unas circunstancias que, por mucha vergüenza que me de esta raza surrealista a la que pertenezco -la humana, no me malinterpreten- no creo que nadie merezca. Y menos ellas. Pero ya me contareis que os parece. No quiero desvelarla aquí.

Por mi parte, seguiré la pista de directora y actrices. Sigo sin salir de mi asombro con la interpretación de Luna Mijovic...
"Que tengo de papá?"
"Ehh... el pelo".

viernes, 28 de noviembre de 2008

Peter Tulia (Capítulo 2)


Cuando Peter se despertó en aquella fría e inhóspita habitación de pegajosa humedad, se sintió algo desorientado. Miró sus manos y comprobó que le habían quitado los grilletes. No es que importara mucho: la puerta seguía cerrada con llave, como pronto comprobó. Lo único que le acompañaba en su estancia era un pequeño plato. No recordaba haberlo tocado, pero estaba vacío. Con dificultad, intentó ponerse en pie apoyándose en el suelo. En el esfuerzo, emitió un pequeño gruñido que le dejó paralizado de repente. No reconocía su voz. Tras el susto inicial, comenzó a emitir distintas palabras y sonidos, como comprobándose. Pero nada había de su antigua voz. Esta nueva voz, ronca, atonal, grave y sin ningún tipo de timbre, no era la suya. Definitivamente. Pensó que quizás habrían estado experimentando con él mientras dormía pero, como pensaba en voz alta, de repente esa voz le sonó familiar. Siguió probando palabras hasta que cayó en la cuenta. Por fin había reconocido su nueva voz. Pronunció "para decir condiós a los dos nos sobran los motivos". No había duda. Tenía la voz de Joaquín Sabina. Su rechazo inicial se convirtió en sorpresa y excitación, y la excitación se tornó claridad cuando encontró la razón de ese extraño cambio: allí, en una esquina de la habitación, que no había examinado hasta ahora por la oscuridad, había una botella de ginebra vacía. De repente, empezó a sentir un fuerte dolor de cabeza y sonrió. Peter era un tipo que prefería tener una explicación para las cosas que le pasaban.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Peter Tulia (Capítulo 1)


Peter Tulia, el gran conversador, se encontraba en un gran aprieto -nada de heces-: secuestrado como estaba, y ante la amenaza de matar a su familia, estuvo a punto de ceder lo único que podría mantenerlo con vida. Los EEUU necesitaban su cerebro pero, consciente de la inconsciencia que sería ceder su conciencia a inconscientes, pidió un gin-tonic y volvió a recibir otra descarga. Al fin y al cabo, nada dependía de él.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Manjares




Comiendo se come
y al comer se merma
el vacío estomacal.
Tanto en mesa, ¡pena da!
Vaciarla habremos de.

¡Oh, estómago sincero,
que agradeces calidad,
que no callas ante estruendos,
y que mueres con la edad!

Tras esta tremenda gilipollez, os dejo con un pequeño jeroglífico, atendiendo a las imágenes:



"¿Salísteis ayer?"



Las respuestas, en los comentarios.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Cansado


Cansado de vivir en una ciudad en la que la gente presupone más arte del que tiene. De que se premie la mediocridad, de que la excelencia se castigue. De que algunos entren en los bares como el sheriff en el saloon, perdonando la vida a no se quién mientras se quitan las gafas con gesto de martini y cara de subnormal. Del clasismo a la baja de ciertos bares, que hacen de su clientela la flor y nata del analfabetismo más panderetil. De la gente que no tiene la capacidad de saber cuándo sobra, o que se hace la tonta cuando ello ocurre. De luchar por algo que no se sabe muy bien que es ni para qué se lucha. De despertarte al día siguiente y ver que todo está igual, que el pescado se lo siguen repartiendo los mismos imbéciles de siempre, y que todas las ganas de ayer no fueron sino el resultado del alcohol en su punto más alto. Cansado, en definitiva, de seguir teniendo ganas y de ver como el ladrillo de la realidad se estampa en tu cara en mil pedazos. Por suerte, el árbitro ha pitado el descanso justo a tiempo. Es hora de recuperar fuerzas: toca la segunda parte y esto no ha acabado. Cansado, pero porculero. Tela del telón.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El detective Williams




La lluvia caía incesante cuando regresé de nuevo a mi sucio y desordenado apartamento. Vivía solo, pero ni un piso de estudiantes lo superaría en hedor. Uno se acostumbra a todo, y más trabajando en la calle y con tendencia al alcoholismo, como era mi caso. Rebusqué entre las botellas que había tiradas por el suelo por si aún quedaba un resto de whisky que me ayudara a terminar el día, pero lo único que encontré fue una triste cerveza en el frigorífico. Vacía. Tenía la costumbre de dejar los envases vacíos en la nevera. Tras la fallida búsqueda me percaté de que realmente tenía más hambre que necesidad de beber, pero esa brillante deducción no habría llegado si hubiera encontrado esa botella. Si sabía que poco alcohol iba a encontrar, con la comida ni lo intenté. A las 12 de la noche no me suelen apetecer cereales ni espárragos, únicas viandas existentes en la cocina. Una nueva caja vacía se sumaría en breve a esa columna que se apilaba junto al sofá y que cada vez iba pareciéndose más a la torre de Pisa, tanto porque estaba a punto de caerse como porque la formaban doce o trece cajas vacías de pizza. Supuse que llevarían allí unas dos semanas. Llamé para pedir comida y me recosté en el sofá a divagar. No tenía ganas ni de estirarme para alcanzar el mando del televisor. Cerré los ojos y me quedé durante un rato con la mente en blanco. Entonces ocurrió todo. Un meteorito del tamaño de una bola de ensaladilla de un kilómetro cayo allí, en pleno centro de Washington. Menos mal que yo estaba aquí, en Cádiz, así que me comí la pizza y me acosté a dormir. Al día siguiente regresé al trabajo, como siempre, volví a casa, pedí otra pizza y me puse a escribir gilipolleces como esta. Es lo que tiene ser un funcionario fracasado: con inquietudes, pero sin cojones.

El último día del año

EL ÚLTIMO DÍA DEL AÑO

El último día del año. Como siempre, toda la familia: padres, abuelos y tíos, con la novedad añadida -desde hace tres años- de un par de primitas gemelas, hijas de mi tía Isabel y su marido Juan. Eran las 10 y media. La mesa rebosaba opulencia, como siempre. Desde los mariscos más frescos de la bahía de Massachussets hasta la carne más jugosa de los cerros de Toledo, pasando por todo tipo de delicias de la dieta mediterranea y alguna que otra rareza que mi tio José había traído de China. Regarían tales viandas sendas botellas de Monchandón, sorpresa estrella de la mesa. Se acababa el año, otro más.
El reloj -mentira, el móvil- marcaba las 11 de la noche, y mis dos primitas sonreían ante el bullicio de las mujeres trayendo platos de la cocina al salón y la charla distendida de los hombres de la familia. Una familia judeocristiana, así es. El perrito de mis abuelos, Bandido, jugueteaba entre las guirnaldas y el árbol de Navidad. Navidad, año nuevo, promesas, sonrisas, alegría y buenos deseos. Nunca me han gustado esos momentos en los que se simultanean dos situaciones moralmente contradictorias. Lo digo porque no veía el momento de escaparme al cuarto de baño a meterme las dos rayas de coca que llevaba en el bolsillo.

sábado, 18 de octubre de 2008

El estreno

Ya es hora de soltar el exceso de toxinas cerebrales en algún sitio. No vamos a sentar cátedra sobre nada aquí, sencillamente descargar estados de ánimo y pensamientos en forma de cadenas sintácticas. Hoy no tengo muchas, así que estrenaré la sección con un pequeño relato que ya tenía escrito, a ver si os gusta.

LA NAVIDAD
Adoro la Navidad. Se que algunos me pueden tachar de hipócrita, pero que le voy a hacer. Por mi educación, no puedo evitar ese cosquilleo en el estómago que se produce cuando llegan estas señaladas fechas. No voy a engañarme: a todos nos gustan esos banquetes puntuales que nos damos cuando llegan las noches mágicas, a todos nos gusta que nos regalen cosas, aunque sea una vez al año y, sobre todo, a todos nos gusta volver a encontrarnos con los que están fuera.
No lo voy a negar: el simple hecho de que pongan el alumbrado en la ciudad cuando empieza Diciembre ya me cambia la carita. Que nos perdonemos mutuamente en estas fechas no me parece un acto de hipocresía, ya que creo que más vale que nos llevemos bien una vez al año que ninguna.
Ya no es edad para ilusionarse con los reyes magos o Papa Noel, pero, ¿y la carita de esos miles de niños que disfrutan como lo que son cuando llega el día? El consumismo es exagerado, verdad, pero tampoco creo que sea un crimen regalar cosas a tus seres queridos alguna que otra vez. Es una pena que mis seres queridos murieran de hambre hace 2 meses, y que yo haya nacido en Somalia.